Durante décadas, la computación cuántica fue considerada imposible. Un físico español cambió eso. Juan Ignacio Cirac, doctorado en la Universidad Complutense de Madrid construyó las bases teóricas de lo que hoy es una de las tecnologías más transformadoras del siglo.
Un ordenador clásico utiliza bits (que pueden ser 0 o 1), mientras que un ordenador cuántico utiliza qubits, que gracias a la superposición pueden existir simultáneamente en los dos estados y procesar múltiples posibilidades. ¿El reto? Hacerlos funcionar.
Todo comenzó en los años 90, en una conferencia internacional de física atómica, en Colorado.
Un ponente terminó su charla con una sentencia: “No sabemos cómo construir un ordenador cuántico, ni siquiera sabemos si es posible”.
Cirac estaba sentado junto al físico austríaco Peter Zoller. En sus cabezas las piezas encajaban: ellos estaban trabajando con iones atrapados.
Se miraron y dijeron “Ah, pues, probablemente nosotros sabemos cómo hacer un ordenador cuántico”. La adrenalina de la innovación se apoderó de ellos.
Ese “imposible” se transformó en un modelo palpable que fusiona la física cuántica y la informática. Es una nueva forma de procesar y transmitir la información.
Cirac propuso usar iones atrapados para transportar la información cuántica, que se controlan mediante láseres y campos magnéticos. Es el enfoque más preciso hasta el día de hoy.
Los prototipos ya ejecutan simulaciones imposibles hasta para el mayor superordenador del planeta. Aunque aún faltan superar retos de escalabilidad.
Los mayores beneficios son por ahora impredecibles, pero las bases están creadas. Hoy este físico español dirige la División Teórica del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica.
Cirac cambió las reglas para el futuro. No esperó a que la tecnología existiera, ni a que alguien pensara que era posible.

